Hace diecisiete años que diferentes organizaciones, activistas en pro de los derechos humanos, instauraron un 10 de octubre como el Día Mundial contra la Pena de Muerte. Unos meses antes, en junio de 2001 en Estrasburgo, en el Primero Congreso contra la Pena de Muerte se pudo escuchar: “La pena de muerte es considerada como el triunfo sobre la justicia y viola el primer derecho de todo ser humano: el derecho a la vida. La pena capital nunca ha disuadido el crimen y constituye un acto de tortura y el último trato cruel, inhumano y degradante. Una sociedad que acude a la pena de muerte anima simbólicamente a la violencia”.
Una causa loable en extremo a la cual, nuestro presidente del Gobierno se sumó el pasado 26 de septiembre ante la Asamblea General de Naciones Unidas, con su propuesta de “moratoria universal de la pena de muerte” para el año 2015 como un paso previo a su definitiva abolición. Aquel mismo día, vimos a quien nos preside, exigiendo el cumplimiento de los compromisos y Objetivos de Desarrollo de Milenio (ODM) y convertido una vez más en baluarte por la defensa de los derechos humanos.
Apenas unos días antes de tales acontecimientos, el día 4 de septiembre, la Ministra de Igualdad y defensora a ultranza del título de su ministerio dentro del ámbito de la progresía existente en nuestro país, Bibiana Aído, con algo menos de talante que su jefe de filas, anunciaba como gran avance en la consecución y desarrollo en “derechos sociales”, y con toda determinación, para ser aprobada el próximo año 2009, la nueva ley de aborto libre, por mucho que se dulcifique ambiguamente la denominación con aquella otra de “interrupción voluntaria del embarazo”.
Y todo esto me deja perplejo pues ¿no es acaso una “interrupción voluntaria del embarazo” apoyado con aquél disfraz de un, yo creo, falso feminismo representado en aquella máxima de “nosotras parimos, nosotros decidimos”, no es, como digo, una ejecución en toda arregla de alguien que además tiene en su contra la más estrictas de las indefensiones?
Y en todo ello, en este país donde ya se contabilizan los 100.000 abortos anuales, cien mil niños y niñas no nacidos cada año, encuentro en la web de HazteOir.org, una entrada sorprendente cuanto menos: “Un grupo de ciudadanos parará la ley del aborto libre”. Un grupo de ciudadanos plenos de ganas, esperanza y fe trabajando por un milagro, luchando por el “Derecho a Vivir”; que ya tiene mérito en los tiempos que corren.
Mientras, nuestra ineficaz e inefectiva oposición, se debate entre imaginarias “cortinas de humo” que ocultan los verdaderos problemas de España según cuentan, miedos y complejos a realizar algún movimiento antielectoralista, cambios constantes de dimes y diretes disfrazados de estrategias políticas y, eso sí, cobardía mucha, en fin, para defender los principios y valores de diez millones de personas, con nombres y apellidos, que confiaron con su voto en las pasadas elecciones. Y entretanto, el señor Rajoy lamentándose del rollazo de plan que le han preparado para el 12 de octubre, a la sazón, Día de la Hispanidad, con desfile incluido mira tú por dónde.
Pasamos por más de una crisis, no solo una gran crisis económica, sino una gran crisis social mucho más profunda. Y por todo ello me uno a la iniciativa de esta gente del milagro; sí los de “Derecho a Vivir”. Y me uno sin condiciones pues alguien tiene que hacer algo para recuperar la cordura y enderezar el rumbo de la nueva sociedad que, también los que no somos “progres” al estilo de la época, queremos construir.
Y como alguien dijo: “No a la pena de muerte, ni dentro ni fuera del seno materno”.
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